Los remedios naturales no son una varita mágica que resuelve con un chasquido. Son ciencia pura, pero exigen tu complicidad. Si el estrés te gana la partida cada vez, párate. Respira hondo. Empieza con un minuto al día si es necesario. La pereza atacará, con su arsenal de excusas disfrazadas de lógica. Recuerda entonces por qué lo intentas. Elige productos puros, prepara con cuidado, sigue la rutina como un juramento. Verás el cambio.
No culpes a la naturaleza. Ella no falla. Tú decides si la acompañas o la abandonas a mitad de camino.
«El remedio es inútil», concluyes, con esa amargura que justifica el regreso a lo fácil. Pero no lo es. Los remedios naturales demandan constancia, como un pacto que sellas contigo mismo. Son como un jardín que cultivas con paciencia: riegas un mes, ves brotes verdes y firmes. Paras porque la vida interrumpe, y el jardín se marchita. El estrés acelera la ruina, inundando tu cuerpo con cortisol que desequilibra el microbioma entero, convirtiendo aliados en adversarios silenciosos. La pereza remata el trabajo, ese «solo hoy» que se estira como una goma hasta romperse. Y ahí estás, de nuevo en la farmacia, con pastillas que sofocan el síntoma pero dejan la raíz intacta, lista para brotar con más fuerza en la siguiente tormenta.
Y con la inocencia de quien cree que la naturaleza es indulgente con los presupuestos ajustados, vas al super, confiado en que el universo premiará tu astucia. Preparas tu brebaje con devoción casi religiosa, imaginando que el cosmos alineará las estrellas a tu favor, pero el resultado es mediocre, como un café tibio que ni despierta ni reconforta.
Sé constante. Compra en sitios de confianza o cultiva en tu propio jardín. Que no se quede eso también en el cajón de las buenas intenciones.
Es la disciplina, algo que la farmacia nunca te enseñará, porque su negocio depende de tu regreso. Rompe el ciclo. O quédate en él. La elección, como siempre, es tuya.
